«La poesía resplandece con luz naciente» – Sobre «Milagros comunes» de Ramón Cote

Como una larga despedida que incomoda, que se imprime entre los arbustos más espesos para dejar el sendero limpio, el poeta comienza el incansable remanente cotidiano de las cosas que circundan, aquellas que desordenan, pero no figuran en las estanterías más altas, al alcance de la mano o en un medio tiempo o en un trancón con la nostalgia.

Cote va realizando un recorrido por aquellas huellas en las heridas finitas de los hombres, como diría Emily Dickinson Por cada hora amada / una ración de Años es por estas instancias donde comienza a levantarse un dolor extrañamente reconocible y mutable, como lo dice Ramón en uno de sus poemas:

Es extraño que la acacia de patio muera

 y que una buganvilia en flor la esté velando.

 

Milagros comunes reluce con las facetas del poeta, entre el verso y la prosa nos va esculpiendo el pie cojo de la soledad, para después regalarnos una muleta donde disimular, como en el poema Fotógrafo de los parques y seguido a este, una Oración por el fotógrafo de los parques, donde el poeta desahucia al oficio y termina diciendo:

[…] voltearás despacio el sombrero, ese sombrero gris de tantos años, en espera de la caída de la primera limosna. Y alumbrado por el último relámpago reinarás para siempre en la inmovilidad.

Al igual con el zapatero, el hidrante y el último cartero, es como si la humanidad para el poeta radicara en la contemplación holística de la existencia, como si el segundo plano fuera aquel cuadro al que se recurre para amoblar el rincón más importante de la memoria. Surge la sensibilidad para reconocer a las personas que construyen su vida en lugares y momentos, como diría Ernesto Sabato […] siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección, el poeta vuelve la cabeza hacía esas esquinas donde se abandonan los zapatos, donde surgen las ideas dialécticas entre cada imagen y recurso que sostiene.

Pero la voz poética busca nuevos sitios para posarse y verter luz y dejar sin sombra donde recurrir a sus lectores, va dejando de lado aquella historia inscrita en el arte, que se transforma, como un acto simple que puede volverse el espejo de aquellos pintores donde los colores mantienen un tono perdurablemente intacto y recurrente, como en el poema Res desollada. Rembrandt;

 

Termina de una vez por todas, pintor de cara triste,

mira que muy pronto me llamarán pestilente

y me convertiré en la atracción de todas las moscas

de este matadero de Amsterdam.

 

Y la poesía va creciendo en los diferentes apartados de la obra de Ramón Cote, va siendo lectura obligatoria una Nociva nostalgia, donde el volver se torna necesario para ya no reconocerse sin el viento y la voz del poeta que retumba:

 

Si nadie te recuerda, si te consideran un extraño, un intruso,

si desde las ventanas donde tantas veces te asomaste

te miran con desconfianza detrás de las persianas polvorientas,

sabrás que es hora de alejarte.

 

Deambular en los senderos de la poesía y aquellos pedazos de memoria, resulta tarea difícil, es entonces donde el poeta reconoce aquellas pérdidas, sin dejar de pensar en como la realidad se construye con los detalles leves y sostenibles, como un castillo de naipes que obliga a controlar la respiración. Los milagros, parecen surgir entre el silencio y el quehacer de Cote, es un ejercicio de química constante, donde se enmarca una sensibilidad pulida y maleada ante la belleza que recubre la sintonía de la naturaleza y el tiempo:

A lo largo de la vida

uno va acumulando muertes

y se empieza a pensar sin quererlo

en cuál de esas será la suya,

 

La poesía resplandece con luz naciente de los versos de Ramón Cote, indispensable en tiempos de apologías innecesarias, de silencios recurrentes y paisajes estropeados, habrá que salvarse con Milagros comunes, como quien encuentra una luciérnaga escondida en las letras del poeta.

 

Santiago Grijalva

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