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Sobre «Ya para qué», de Marco Antonio Campos

Existe la seria probabilidad, la exacta posibilidad de que el poeta mexicano Marco Antonio Campos nunca escriba una autobiografía. Su vida ha sido escrita en la poesía. Por las páginas de sus poemas, por la puntual manera de fechar los tiempos en sus versos, uno puede reconocer su vida, sus preocupaciones, los momentos luminosos de sus senderos hechos deltas, su dolor por auscultar la verdad en las preguntas –como es el oficio pertinente de todo poeta-, su fatiga frente a los instantes duros, sus holocaustos interiores, el placer absoluto que se le crea frente a los asombros, la carga de belleza que se inscribe en sus sensibilidades abiertas a los sentidos, sus monólogos inscritos en la piedra de su verso para que el resto sepa reconocer su ser sobre la ropa del cuerpo y sobre su conciencia y su pensamiento y sus formas sutiles o terribles. Y sus amores por el viaje, las sombras familiares, la infancia como un plato de conocimientos y fantasías, la adolescencia y su huerto de expectativas, las fechas y los lugares de un cosmopolita compulsivo y desmedido, encarcelado en el bosque del verso, su atado corazón de todos los tiempos, que ama al México que le duele y que se funda nuevamente en el dolor de la autoexploración.

Desde sus primeros poemas, Marco Antonio Campos, comenzó a ordenar su historia, se fue entregando como una posesión a la poesía. Su vida se vio asediada por los poemas. Bien dice Rilke, en sus bellísimas Cartas para un joven poeta, que: “para un espíritu creador no hay pobrezas”. La vida de un creador es la vida de un vividor compulsivo que a todo le pone la grandilocuencia de la realidad poética, de esa escena que solo vive si se escrituriza, que se hace palabra.

La vida de un poeta se va haciendo con el movimiento armónico de los versos.

Pero, además de la vida del poeta, está también su defensa irrestricta hacia la estética que su poesía persigue, aquella que la mantiene como una bandera grande en medio de un cielo espléndido. La fuerza de su realidad como un actuante lírico y responsable de una filosofía versal que se estrecha en comunión total con sus versos.

Por estos puertos, por estos Campos de Marco Antonio no existen contradicciones ni falsas rotulaciones de “poeta”. En él ha habido un caminar verdaderamente sujeto a las resoluciones que le han dado el trabajo en las contradicciones y en los hechos.

Su poesía es uno de los discursos contemporáneos más originales y distintos de la poesía mexicana actual.

Por último, queda también lo que el maestro Marco Antonio ha dejado para todos sus lectores: un imaginario reluciente de magia, unos poemas en prosa y otros en verso que son referencia, que son escuela y academia. Unos lazos ocultos con el amor, otros con sus -nuestras- guerras interiores. Sus poemas vienen a ser el horizonte abierto para los más jóvenes y para los poetas de su generación, no solo del idioma español sino de otros muchos idiomas latinos.

La figura de Marco Antonio es la de un líder en nuestro panorama poético.

Yo mismo, cuando lo conocí, junto a su monumental obra, me unió a él, además de una amistad cómplice y ejercida a cuenta de afectos y cariño, un inconmensurable padrinazgo, una relación constante de misivas y recados de aliento y fuerza y responsabilidad. Es decir, nació un amigo, como un milagro de la poesía.

Marco Antonio es un poeta entregado a todo lo que referencia este asunto de la poesía, este gusto por ir construyéndose el futuro, la propia historia. La posibilidad concreta de que nos está dejando ya, para siempre, con su poesía, para entender la estética de la belleza, pero sobretodo la estética de una vida formada por los versos y el pensamiento.

Editor, traductor, gestor cultural, conocedor de todo aquel ser humano que se adentre en los linderos del poema, este poeta mexicano será un faro que guie a la biblioteca de su vida. Directamente su luz nos guía por la Alejandría de su trabajo poético.

La poesía ha bendecido a Marco Antonio Campos. Ella, la señora poesía, la más querida y la más celosa, lo ha declarado guardián del templo del Parnaso: él sabrá proteger el milagro de su existencia con su propia vida.

Que así sea. Porque lo necesitamos todos, para poder creer que la poesía es pan y no palabras.

Aunque sabemos -seguros estamos de eso- que ella es pan. ¡Y es pan!
Ni más ni menos.

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