La poeta cubana/ecuatoriana Liyanis González Padrón

Un pájaro revolotea sobre una alfombra azul: invertir el orden de las cosas o escritura para tocar lo ausente

Un pájaro revolotea sobre una alfombra azul:

invertir el orden de las cosas o escritura para tocar lo ausente

Por Nelson Simón

La poeta cubana/ecuatoriana Liyanis González Padrón
La poeta cubana/ecuatoriana Liyanis González Padrón

Más de 200 años de poesía cubana hacen que el género lírico esté estrechamente ligado a nuestra identidad. Desde Heredia o La Avellaneda, hasta Orígenes, la obra de los poetas cubanos ha acompañado los procesos culturales y sociales de la nación contribuyendo a la formación de “lo cubano”, algo completamente inasible que escapa a toda corporeidad, que está ligado al espíritu y se va evidenciando en la suma de las voces que la conforman. José Martí o Nicolás Guillén quizás sean los ejemplos más evidentes, aunque existan otros tan significativos como los poetas reunidos en torno a la revista “Orígenes” o los poetas coloquiales que, a inicios de los años sesenta, cantaron y acompañaron el espíritu y las transformaciones que trajo consigo la Revolución.

La Campaña de Alfabetización, las movilizaciones populares, Girón, la creación de espacios e instituciones culturales como Casa de las Américas, el ICAI, la Imprenta Nacional, o las constantes oleadas migratorias, han moldeado y dejado sus marcas en el rostro de la poesía cubana contemporánea.

La emigración cubana de los últimos años obliga a replantearse los límites geográficos y culturales de Cuba. La poesía no escapa de esto. A los nombres de los grandes poetas que permanecieron o permanecen en la isla, hay que sumar los de aquellos que partieron llevándose consigo una obra que luego continuaron enriqueciendo, o la de los que la han construido desde la experiencia del exilio.

A poetas como Gastón Vaquero, Lorenzo García Vega o José Kozer, habría que sumar otros como Heberto Padilla, José Mario, Víctor Rodríguez Núñez, Odette Alonso, Damaris Calderón o Legna Rodríguez. La lista es amplia y precisamente por eso han de tenerse en cuenta a la hora de hablar de nuestra poesía.

Liyanis González Padrón, Pinar del Río 1971, forma parte de ese cuerpo ausente. Nacida doce años después del 1 de enero del 59, correspondería ubicarla en los límites de lo que han dado en llamar “Generación de los Ochenta” o “Generación del Desencanto”, mas no creo que esto sea prudente o, por lo menos, exigiría un estudio más amplio pues la autora pronto emigra hacia Ecuador y ha sido desde allí donde ha cultivado y publicado su obra.

Tuvieron que transcurrir 10 años para que su palabra se asentara y encontrara un lugar. Así aparece en 2005 Estaciones de sombra, su primer libro. Libro de iniciación. Libro de lejanías en el que se advierte, al fondo, un tono de nostalgia y desarraigo que la emparenta con la poesía de la isla. A pesar de la distancia, de la desconexión con la vida literaria insular su palabra la delata heredera de una tradición barroca que la emparenta con Lezama y con muchos de los poetas jóvenes que por entonces están escribiendo y publicando en la isla. Quizás sea porque nunca se deja de ser del lugar de los orígenes o porque es en el lenguaje donde primero se refleja la sensibilidad de las criaturas insulares condicionadas por la exuberancia y los excesos de la luz. Estaciones de sombra la revela en el símbolo, en el adjetivo florido, en una levedad de criatura de isla sacudida y estremecida por la muerte:

“La frialdad me asestó el primer golpe”, dice con una tranquilidad que luego irá definiendo su voz.

Liyanis camina por las zonas de la devastación sin patetismos, sin desbordamientos. Reconoce el dolor, lo asimila, entra en él con precisión quirúrgica, se expone:

“Mi llaga erosionada/ es su cena”

El cuerpo y sus heridas como ofrenda. Como ese territorio donde buscar respuestas. A lo largo de su obra veremos cómo la poeta acude a su cuerpo físico para encontrar sus verdades más trascendentes.

Me detendré un poco más en este libro pues considero que si queremos conocer a un poeta, hay que volver una y otra vez a sus primeros versos, a sus primeros poemas, a su primer libro. Ahí está su huella, su ADN, las claves de una escritura que, en lo adelante, transcurrirá como el agua filtrada. Agua constante que atraviesa la piedra. Agua callada, que no muda, que irá definiendo su voz en libros sucesivos.

Al volver sobre Estaciones de sombra, encuentro versos reveladores como este en el que Liyanis asegura: “Todo es nada en el aire”. Paradójicamente, desde ahí construye un territorio marcado por la fuga. Por su necesidad de asir lo que se escapa, se difumina o expira:

“Despojé mi primera imagen/ Después me apagué”

Su poesía es una provocación. Una invitación a recorrer un universo marcado por las sombras y la ausencia, en el que la palabra tiene una fuerza intuitiva muy particular:

“Eternas son las puertas/ que descubro a tientas en las noches heladas/ puertas de madero/ que avivan mi mano tibia”

Es la palabra lo que la conecta con lo inasible. El vínculo de lo material (cuerpo) con el vacío. Un vacío que llena con las cosas perdidas y en el que la poesía es la puerta hacia una realidad anunciada y contradictoria. Una puerta entreabierta. Una tentación. Toda su poesía tiene la fuerza de lo que nos tienta y convoca. Sus imágenes, alegorías y asociaciones, nos conducen a una multiplicidad de significados que enriquecen el texto y convierten la lectura en una inquietante experiencia que dejará más preguntas que certezas. Verdades que irán completándose en la medida en que el lector se adentre en el resto de su obra.

En el 2008, aparece Cofre de alquimias donde, saberse que está “sola entre los hombres” la hace asumir el cuerpo como un territorio más permanente:

“Sobre extrañas flores/ me contemplo desnuda/ y me arrastra un río que no salva/ Soy el cuerpo cansado de su última piedra”

Aquí la isla, antes silenciada, latente bajo el dolor y las estaciones de sombras, vuelve a emerger como cuerpo físico al que se pertenece, y no como una referencia o resonancia lejana. Así será en lo adelante. Unas veces en la explícita voluntad de “no pronunciar su destierro/ donde todo se apaga y se ilumina”. Otras, en la aceptación de que “ser cubano es llevar a cuestas una isla”. Al leer este poemario se advierte que la poeta ha vuelto a sus orígenes, a la isla que “presagia un aire de ausencias y arde en los recuerdos habitados”, para encontrarse.

En Cofre de alquimias, el lenguaje se vuelve más sensorial. El libro está recorrido por un lirismo y una sensualidad femenina que no se evade ni disimula:

“Encuentro a tientas la desolada cicatriz del cuello”

Ese desbordamiento la hace transitar por los bordes de un erotismo insular que encuentra su máxima expresión en la obra de Carilda Oliver Labra.

“La lascivia traspasa el eje de mis ojos”, dice en un poema donde además advierte:

Soy un cuerpo atrapado en el lugar de la piedra/ que invierte la raíz de su sexo”

Revelación tremenda que la enfrenta a su condición femenina, a su entorno social; que la revela como un ser que ha tenido que moldear su identidad insular y desbordada, para insertarse en la inmensidad continental, en otra cultura. De ahí que su voz resulte aleación, alquimia, mestizaje poético y cultural.

Creo que este libro es definitivo para entender la poética de Liyanis pues en él se reconoce y asume esa mixtura. Por eso, vuelve al cuerpo una y otra vez, pues sabe que ese cuerpo se ha convertido, por “alquimia del tiempo”, en país, isla, trampa:

“Soy la alquimia/ la trampa”

Contra todo pronóstico” y “más allá de los despojos/ puñados de piedras/ calor/ hambre/ locura…”, la poeta se ha reconciliado con su origen:

Somos la herencia de la soledad y del fuego” y asume una voz propia que luego irá desdoblándose en libros posteriores.

Esta muestra personal ha sido concebida para adentrarse, sin frustración ni resentimiento, a los vastos territorios de la imposibilidad. Es un ejercicio de resistencia y permanencia contra la fugacidad y el desarraigo.

Reunir en un volumen lo que se ha tornado, por misteriosa alquimia, en verso, es un acto de valentía, suerte de recuento que, como a Narciso, la enfrenta a su propia imagen:

“Contempla la sombra/ que padece tras tu nombre”

Virtudes, defectos. Lo que ha alcanzado o no. Lo monstruoso. Lo insondable. Las preguntas. Todo brota, de pronto, cuando junta los días y las sombras.

“Ahora/ que resurjo/ como tantas veces/ en mis papelitos gastados”

Un ciclo lleva a otro. Un poema al siguiente. La poeta escribe compulsivamente. Escribe como ejercicio vital. Reincide. Insiste en la pérdida como si el poema no fuera suficiente. La poesía, ese misterioso “rectángulo de agua” del que habló Lezama es su universo. Un universo cerrado y autorreferencial. Sabe que todo lo que es, está contenido en unas cuantas páginas reunidas sobre esa superficie temblorosa y que el más leve roce puede fragmentarla, alejarla de sí, recomponerla en los círculos concéntricos que le devuelve la escritura:

“Yo era el humo/ Luego fui la que soy”

¿Quién? Liyanis evita cualquier definición. Solo deja constancia de un tránsito de lo etéreo y voluble a lo permanente. Recorrido que le ha permitido la escritura. Por eso, con extremo cuidado ha ordenado esta imagen de sí misma. Ha aceptado un combate donde inevitablemente es su propio adversario, y en el que tiene la difícil tarea de salir victoriosa. Lo ha hecho con la serenidad y humildad del humo. No le ha temblado el pulso a la hora en que, como una madre, castiga o premia el rastro de una escritura visceral y honesta, compuesta de fragmentos, de ausencias y presencias, y desde la cual ha tenido la obligación de reconstruir su identidad lejos de sus orígenes:

“Estaciones de sombra/ ¿qué las lleva a morir?”

De la sombra a la luz, en fértil recorrido, viaja su palabra. De los bordes al centro. Lo que al inicio fuera follaje, borboteo, barroca filigrana, alquimia, el tiempo lo devuelve, en sus últimos libros, como semilla, gota constante, certero trazo, elemento:

“Lapidaria la verdad que guardo/ en las alas densas/ en el oro/ en los pétalos/ en la roca cernida por las aguas”

Tocar lo ausente es un camino de aprendizaje. El tránsito de un estado sentimental a un estado mental que domina al cuerpo y su escritura. Una escritura pulcra que la expone a un permanente acto de sinceridad, que la hace vulnerable, que la vuelve traslúcida, que muestra el tuétano y el curso de los vasos.

En Estaciones de sombra, su primer libro, hay un breve poema en el que nos advierte:

“Huye del encanto de la luz”, pero su escritura es un ejercicio contrario a su sentencia. Su poesía reunida, la acusa: su escritura es un viaje hacia la luz. Tanteo, aproximación, búsqueda. Su palabra insinuante dice más en lo que nos oculta tras sucesivas contradicciones que parecen resolverse en el fértil terreno de lo poético:

“Al final de la hoja de metal/ un pájaro revolotea/ sobre la alfombra azul”

La imagen de ese pájaro (eviscerado) que intenta sobrevivir sobre una alfombra azul al final de la (filosa) hoja (de papel o metal), me ha acompañado durante la lectura de este volumen y, aún después me sigue acompañando: versos reveladores que descubren su fascinación, fragilidad y afán de permanecer en lo ausente.

“La carne es posterior a toda muerte”, nos dice con una extraña y misteriosa paz como si estuviera volviendo de lo desconocido y nos anunciara una verdad que, por su complejidad filosófica, nos asusta. Esta idea parece gravitar en sus versos. Ella invierte el orden de las cosas y establece una nueva relación donde el misterio antecede al deseo y el espíritu a la materia. Casi al descuido, “como el hambre que se envuelve en los periódicos”, su escritura nos invita reencarnar en la poesía.

Su obra reunida es un mapa hacia esos territorios evaporados en los que la poesía nos ayuda a entender y relacionarnos con el vacío. El acto poético entendido como un oficio reparador donde el cuerpo físico y el cuerpo emocional se encuentran y reconocen. Escritura que la acerca y aleja de las cosas con íntima elegancia. Solo así es posible que lo que fuera sombra transite hacia la luz, que el dolor se torne lucidez, que la palabra encuentre su contenido exacto y el verso se despoje de toda filigrana para mostrar su madurez en una idea tan rotunda como esta:

“Tu lugar no es la tierra”

¿Acaso su escritura no es más que el rastro de un camino de indagación y búsqueda de ese “lugar”?

Esta ciudad no tiene recuerdos…”

“Un pájaro gris golpea mi ventana/ miro la ciudad en su asfalto/ Un árbol pudo haber muerto/ Nada, no escribo nada/ Debo acostumbrarme a vivir”

Esa “nada” y “grisura” recorre toda su escritura. Algo como un viento helado que abre, de pronto, una ventana y recorre el poema provocándonos un estremecimiento y dando paso a las voces de las cosas perdidas. Detrás de cada imagen, empujándolo, está esa frialdad que también nombró Julián del Casal en sus poemas y que, de modo más o menos evidente, recorre buena parte de la poesía cubana. Liyanis nos parece decir que únicamente existimos en la huella, en el vacío, en el mínimo espacio que deja nuestra ausencia y que eso solo es posible a los ojos del otro y en el misterio y sosiego de la poesía.

Más que una antología, Tocar lo ausente es una cartografía inconclusa de sí misma. Una claraboya. Un ojo de buey con el que nos anticipa lo que está por venir.

 

En camino del viento

 

Arreció la lluvia bajo un cielo erizado

Nadie quedaba para salpicar el agua

 

Un perro viajaba en camino del viento

 

La naturaleza sin desenfrenos

santificaba los lugares de tu nacimiento

 

Sentí frío. En mis manos,

el impulso de una idea salvadora

 

Miré a la calle

Hombres viajaban en camino de otros hombres

 

Despojé mi primera imagen

Después, me apagué

 

(Estaciones de sombra, 2005)

 

Línea de sueño

 

Voy desprendida hacia la luz

sin inventarme

 

Llevo prisa. Tiemblo.

 

Fantasmas coloridos
en el pasado de los trenes
despiden mi mirada de musgo

 

Un cúmulo de estaciones
alborea el canto lunar

 

Centellea la noche
su abanico de humo

 

Me distancio
de un rostro aciago tras la niebla

 

A lo lejos, quejidos de silbato

 

La muralla rasga el sueño
con su fino precipicio
es el fin transfigurado
en la quietud de mis puentes

 

Aparezco corpórea
suspendida en el origen
de mi mujer dormida

 

Al nombre habitado me someto

 

(Cambios de nombre, 2012)

 

Observo sin rumbo

 

Observo sin rumbo

este punto inmóvil

las pálidas hojas

en el pequeño charco

que es la vida

 

El enigma es la sombra

entre las hojas y el agua

borde inasible

para beberse la muerte

 

Otra distancia es el eco

de la carne raída

Otro aire, piel de plumas

– sin el pez y el abrazo –

 

Es la luz en la luz

creación de un instante

 

Cavidad del milagro

donde enciendo el poema

para tocar lo ausente

 

(Papeles nocturnos, 2016)

 

Secuencia de finales                                                             

                                                                     para Sonia, mujer adentro

Yo era el humo

 

Luego fui la que soy

aletargada buscando en los rincones

 

Tengo unas manos de sostener el mundo

y espero que haya otro lugar

otros finales

 

Estoy muy triste

 

Sé que estaré alerta

frente a la única oscuridad

que nos creemos

 

Sé lo que encuentra una soledad

que aterra

y escupe

y alucina

 

Pero qué puede hacer una mujer

desde el vértigo y la ceguera

sino arder, arder, arder,

hasta que todo arda o se transforme

 

No me estropea el sol

los poros de sudar fiebres ajenas

 

Hace días que estoy convaleciente

y aunque parezca que estoy

que aquí me quedo,

me fui hace mil años

en mil muertes repetidas

 

He vuelto a ser humo

 

Hay un silencio girando sin órbita

en un tiempo

– abierto, cerrado, abierto –

 

No sé cómo será el fin

pero bien podría ser en ese orden

(Bajo la dulce agonía de la piedra, 2019)

 

Celebración

Sueñas
que despiertas en otra ciudad

Registras la madrugada
sin que nada impida tu desvelo

Sueñas que tienes una patria
que alguien se alegra por ti
por tu semblante
por tu acento
por tu corazón limpio
tu prudencia

Repites tu nombre
con un vértigo de murciélago
como quien va a colgarse
antes de morir
y besas con veneración la cruz
que te regaló el abuelo

 

Haces lo que nunca, jamás
y casi siempre has hecho
– sueñas la ciudad en que te sueñas –

Es una ciudad carnívora
aúlla dentro de la casa

Sabes que sueñas lo que sueñas
para que no te rodee con sus garras
otra ciudad
que despierte
y celebre
el mismo sueño antes que tú

(Lo que fue ciudad, 2022)

 

 

Portada
Portada del libro: Tocar lo ausente, de Liyanis González Padrón.

Nelson Simón es poeta, escritor para niños, dramaturgo, guionista para la radio, promotor cultural y crítico literario cubano. Actualmente preside el Comité de la UNEAC en Pinar del Río y es editor de la Editorial Cauce.

Entre los principales premios y reconocimientos que ha obtenido su obra destacan:

Premio Julián del Casal, UNEAC de poesía, por el libro “A la sombra de los muchachos en flor” (2000)
Premio Herminio Almendros de literatura infantil, por el libro de cuentos “Brujas, hechizos y otros disparates” (2002) y el mismo año obtiene el Premio La Edad de Oro, por el poemario para niños “Maíz desgranado”.

Premio de poesía Julián del Casal por el poemario “El humano ejercicio de las conversaciones” (2014).

Premio de la Crítica, por el libro “El humano ejercicio de las conversaciones” (2015).
Premio de Poesía La Gaceta de Cuba con el poemario “Fracturas” (2024).

Recientemente publicó los poemarios “Kintsugi” y “La rama quebrada”.
Su obra ha sido traducida al inglés, italiano y portugués.

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